viernes, 20 de agosto de 2010

30 - INAUGURACIÓN.

Gonzalo se ha despertado temprano. Muy temprano. Mira el reloj sobre la mesita de noche: las cuatro de la mañana. Afuera todo permanece oscuro excepto las farolas de las calles que iluminan el centro irradiando sus destellos hacia los montes aún invisibles. Sobre las aguas del Miño reverberan los focos de luz caramelizada de los puentes.

Mira a su alrededor en la penumbra. Esta solo. Como de costumbre Federico pasa las noches en casa de sus padres. No se lo tiene en cuenta, las cosas son así. Cierra los ojos y reflexiona por un momento en el sinsentido de estar en ese piso, en esa habitación a la que nunca se ha acostumbrado ni se acostumbrará.

Nunca le ha herido la soledad aunque es una fiel compañera de su vida, pero venir aquí sólo tiene el propósito de verle a él. En Madrid también está solo aunque allí le ocupa su trabajo profesional. El estudio. Sí, eso llena su vida. Fuera de allí está Federico, pero lejos, a veces aquí, en su territorio, también está lejos.

La soledad es mala cuando se piensa en ella. Peor a las cuatro de la mañana cuando te coge por sorpresa en el despertar del sueño interrumpido. Él lo sabe y trata de rechazar esa sensación. Mira el techo de la habitación que casi no distingue. Se acuerda de Manolita que estará trabajando…no…allí serán…las siete de la tarde, si sus cálculos son correctos. Habrá salido a dar una vuelta, le gusta andar. O estará cenando. Esos americanos cenan casi cuando nosotros terminamos de comer.

También ella está sola. Pero contenta con su trabajo. El trabajo es una de las cosas que acompañan al hombre y le hacen sentirse útil y vivo, naturalmente no todos son iguales, gran cantidad de ellos son solamente una esclavitud para poder sobrevivir en un mundo hasta en el que la cosa más insignificante cuesta dinero. Pero no siempre es así, para muchos, aunque sea rutinario, poco creativo, es el motor que les mueve a salir de su casa cada mañana, a tener un porqué en su vida, a socializar y darle un sentido al conjunto de las horas y los días. Desgraciadamente el sistema depredador en el que vivimos quiere prescindir de las personas para ganar más dinero, para ahorrar más dinero, aunque los servicios se deterioren, aunque la calidad de vida se deprecie.

Es curioso—piensa Gonzalo en la incipiente luz del amanecer— que la última vez que estuve en Santiago me di cuenta de la cantidad de peregrinos entre los cincuenta y los sesenta años que abarrotaban la Plaza del Obradoiro. El ejército de prejubilados que se han echado al Camino muchos de ellos posiblemente para evitar deprimirse en sus casas, para recuperar la gratificante sensación de aquella juventud pasada en los pueblos, subiendo a los montes, haciendo hogueras en los campos junto a sus zarrapastrosos amigos de aventuras.

Para algunos será un nuevo renacer y ya estarán preparando otras rutas, en otros recorridos que contemplar y completar, una tarea para emprender cada mañana, paso a paso, más feliz la jornada cuanto más lejos está el final porque no es el final lo que interesa. Una jornada en la que se descubren muchas cosas, entre ellas, lo poco que se necesita para vivir, para ser feliz. Algo de salud, alguna cosa que comer, el camino.

Otros volverán al peligro de la ciudad, de la rutina de ir al mercado cada día, de transformarse en hipocondríacos en sus más que frecuentes visitas al médico, en cuidar a los nietos que terminarán conociéndoles a ellos mejor que a los padres, en pasear sin rumbo por las grandes superficies como almas en pena matando la mañana, esperando el mediodía para volver a casa a comer y arrastrarse por la tarde aletargados frente al televisor.

Las cinco. Se levanta. Encuentra el molinillo del café, mientras este se prepara se mete en la ducha. Ya ha amanecido del todo, cielo azul con jirones de nubes como el día anterior. Toma un par de tazas de pie frente a la ventana, desde ella domina todo el centro, el río, los montes suaves, un paisaje que se le antoja melancólico, quizás porque está más acostumbrado a su ático de Santo Domingo, a los tejados de su Madrid entrañable que acumula los recuerdos de juventud, el bullicio urbano, los atardeceres que dan paso a las luminarias de la vida nocturna.

Se pone la cazadora de cuero, echa un vistazo alrededor, sale a la escalera cerrando la puerta. Al bajar los peldaños se cruza con varios trabajadores que suben al ático algunos muebles, estanterías, objetos que Federico ha elegido minuciosamente, detalles finales de la decoración que estará lista en un par de horas. Gonzalo no ha querido subir, prefiere verlo en la inauguración que será en la tarde-noche, a la que Federico ha invitado a lo más selecto de la sociedad orensana.

—Unas copas de cava y algo para picar—le dijo Federico.— En cualquier caso a Gonzalo le gustará ver a algunos de ellos que son antiguos amigos comunes. Por lo demás no cabe duda que a Federico le hace ilusión todo este asunto y no va a ser él el que le amargue la fiesta.

Ya en el portal respira hondo y sale a la mañana tibia, algo nublada, comienza a caminar hacia las calles antiguas, adoquinadas, subiendo y bajando hasta llegar a la Catedral de San Martín, es aún temprano y solamente se cruza con algunas personas que con paso vivo caminan hacia sus trabajos.

Entra en la Catedral por su parte occidental que accede al Pórtico del Paraíso que es la prueba más evidente del alcance que en el tiempo y en el arte inspiró el Maestro Mateo, obra que permanece en un segundo plano debido a aquel excepcional Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela que tan bien conoce Gonzalo.

Se para a observar los gruesos pilares que sirven de apoyo al arco central reforzado por un parteluz y los arcos laterales representando a los Apóstoles en el lado de la Epístola y los Profetas en el del Evangelio así como los veinticuatro ancianos algo más animados ya que conservan la policromía efectuada en el siglo XVI.

Se sienta en uno de los bancos en la quietud del interior. Observa el crucero cubierto con un cimborrio gótico-renacentista iluminado por la luz de la mañana que se va haciendo más intensa. Permanece largo rato en la penumbra fría sin un solo ruido, sin que nadie aparezca para alterar el silencio que arropa el granito moldeado hace siglos que sostiene la planta del edificio.

Los antiguos supieron permanecer en la distancia a través de esa inmensa obra intemporal, crear en el hombre una imagen perfecta de la eternidad en el espacio cerrado del templo, entre las losas de piedra, los altares como intermediarios entre el espacio interior y el exterior, como enlace para la comunicación con otros mundos, con el universo y su creador tan lejano y poco accesible, de la sensación de casi vencer al tiempo, la realidad virtual, ahora que se lleva tanto hablar de ella, de permanecer en una cápsula que es en si misma símbolo de eternidad, estable, muda, siempre orientada y dirigida hacia las alturas, hacia un infinito inabarcable que el hombre, sentado en el banco de madera rígido y añoso, hace suyo mientras en el exterior, detrás de los pilares, de los arcos fajones, de cada una de las dovelas que forman los arcos y las bóvedas, de los contrafuertes y arbotantes la vida pasa rápidamente, se deteriora, muere y vuelve a surgir a través de un ciclo que va añadiendo el polvo de los siglos en la superficie de esa nave de piedra, poderosa, esa máquina del tiempo anclada férreamente a la tierra pero cuyo interior se proyecta más allá de la velocidad de la luz transportando al hombre a espacios desconocidos y futuros, solo imaginados en su mente.

Gonzalo medita en la delgada línea que le separa de ese otro mundo, de la ausencia, del tránsito al recinto de los muertos. No es un pensamiento lúgubre—se dice a si mismo—es solamente la constatación real de que su tiempo se va acabando, de que no solamente lo sabe su mente sino también el resto de su cuerpo. Algo natural a lo que se ha ido amoldando suavemente, a lo que su propia naturaleza le inclina aunque aún le quedan algunos cartuchos por quemar, alguna pólvora que gastar y qué mejor que hacerlo en la contemplación de la belleza, la única, que según él, redime al hombre y le eleva de sus esclavitudes humanas.

A través de las restauraciones del taller cumple sobradamente ese propósito, por sus manos en sucesivos años han pasado muchas de esas instantáneas de vida que se convirtieron rápidamente en polvo pero que gracias al milagro del arte, de la radiografía de la vida plasmada con sutileza en los lienzos y la piedra quedaron para conocimiento de otras generaciones; ventanas, pequeños túneles del tiempo en los que personas y paisajes, costumbres y sentimientos, amor y barbarie han permanecido solidificados, estáticos, cubriéndose de una pátina de olvido que los siglos terminan por destruir o rescatar para mostrarnos una vez más la materia de la que está hecho el hombre aunque se cubra de distintos símbolos y ropajes.

Y piensa que sus cartas están echadas, que su tiempo ha pasado definitivamente y sin embargo eso no le incomoda, al contrario, siente que ya no tiene que justificarse ante la vida como tuviera que hacerlo de joven.

Sale de la Catedral y camina bajo un sol que empieza a calentar, hacia el bar más próximo donde pide un café y lee por encima las noticias locales de un periódico regional ocupado en los dimes y diretes de personajillos de la política pueblerina de la provincia, corta de miras, paleta, obtusa pero con un fino instinto de supervivencia que transforma en dinero todo lo que toca aprovechándose de los sentimientos y las tradiciones de un pueblo que ha descubierto en su atraso de siglos un filón de oro.

Camina por las calles antiguas dejándose llevar hacia el mercado. Todo se transforma, nuevos edificios, plazoletas, aparcamientos, rompen la armonía antigua de la ciudad. Los espacios limpios, abiertos para caminar entre las calles y avenidas se llenan de inútiles y en su mayor parte horrorosas esculturas que afean la vista, que producen malestar e irritación, que algún listillo habrá diseñado para repartirse el dinero con otro listillo de algún partido local con poder para hacer y deshacer a su antojo.

Gonzalo piensa que lo peor de hacerse mayor en estos tiempos es que su mundo conocido desaparece antes de que a él le llegue su turno; todo cambia, se transforma, y más hoy en día que las tecnologías, la globalización, la reducción de las distancias hace tabla rasa de todo y se pierden las referencias culturales, los puntos de apoyo de la tradición, los anclajes morales en los que el hombre se sentía cómodo, conforme consigo mismo.

Es un mundo cambiante ahogado de objetos inútiles que pronto se descartan y olvidan porque el cerebro está permanentemente ocupado en otros nuevos que llaman su atención. El diseño y la temporalidad en contraste con el quehacer antiguo que veía en la perpetuidad su razón de ser, en el que permanecía lo que tenía sentido, lo que nos definía.

Las calles están más animadas y al llegar al mercado el olor a manzanas y verduras frescas producen en Gonzalo un radical cambio de humor. Respira hondo y sonríe a las mozas que ya proclaman sus mercancías con su peculiar acento a toda la gente que sube y baja por los puestos.

En el bullicio casi no oye una llamada de Federico que le informa que acaba de cerrar un buen negocio para la restauración de un pazo por el que se han encaprichado unos franceses, eso le abre otra nueva vía de trabajo, ingresos y el poder ocupar a los obreros que llevan con él tanto tiempo.

—¡No te olvides de subir a echar un vistazo al ático antes de que llegue la gente! ¡Creo que te va a gustar!

—Sí, Federico, así lo haré ¿ A qué hora aparecerás?

—Como muy tarde a las siete y media, los invitados comenzarán a llegar sobre las siete. Siento no poder estar antes, pero, por favor, aunque no conozcas a algunos haz tú las presentaciones…

—No te preocupes, así lo haré, conduce tranquilo, hay tiempo para todo.

Gonzalo merodea por los puestos alrededor de la amplia y empinada escalera que da acceso a la entrada principal del soberbio edificio del mercado. Ha leído que hay un proyecto para reformar y actualizar el edificio y los alrededores, con aparcamientos subterráneos y zonas peatonales. Todos estos tipos de proyectos siempre le han dado mucho miedo, la armonía entre lo antiguo y lo moderno es proclive al entredicho y el español tiene la misma obsesión por la piqueta como por el hacha con el que sin pensárselo cercena arboledas milenarias sin que le tiemble el pulso ni le quede un atisbo de remordimiento.

En realidad le gustan más estos pequeños puestos que los del interior del mercado. Compra una docena de higos, seis de color verde pálido y seis de un morado oscuro que una sonriente aldeana le pone en una bolsa de papel.

Comienza a desandar el camino haciendo una parada en los recoletos jardines de Las Burgas y encuentra una pequeña tienda de discos donde escucha y compra un cedé de aires barrocos interpretados al violín por Daniel Hope, un soplo festivo para el alma con el que de repente se siente renacer y con la alegría del espíritu le vienen las ganas de comer.

Rechaza unas cuantas cafeterías con ofertas de espaguetis, lasañas y ensaladas de maíz y zanahoria que detesta y continúa hasta encontrar un pequeño bar que anuncia su menú en una pizarra sobre la acera: Caldo, lacón con grelos, ternera con patatas, sardinas asadas, flan, pan y vino. Se sienta en una mesa corrida junto a varios trabajadores con mono y pide caldo, sardinas y ribero turbio a granel que aún milagrosamente tienen en algunos bares como este. A los postres comparte una copita de orujo con los obreros que finalmente se levantan y se van. Gonzalo apura un cortado, paga y sale a su vez dirigiéndose al apartamento.

El portero que anda haciendo alguna cosa en el vestíbulo le saluda con una media reverencia, la escalera está tranquila, entra en el piso en el que siempre tiene una sensación de frío aunque el día esté soleado. Baja un poco la persiana del dormitorio, se quita los zapatos y se echa vestido sobre la cama. Al poco se queda dormido.

Se despierta con unas voces en el pasillo de la escalera, son la gente del catering que están subiendo bebidas y bandejas de canapés. Gonzalo se desnuda y se dirige a la ducha donde permanece un buen rato hasta que se le pasan los vapores de la siesta. Se cambia de ropa y elige una elegante chaqueta deportiva.

Cierra tras de sí y sube al último piso andando, no necesita abrir porque la puerta está entornada, saluda a varios camareros que tienen ya todo dispuesto y esperan la llegada de los primeros invitados.

El vestíbulo es grande, funcional y decorado con sobriedad en la que sin embargo tienen cabida algunas imágenes policromadas y muebles que solo podrían encontrar su habitación en los grandes espacios de un hotel.

Gonzalo contiene un momento el aliento sorprendido por los cambios realizados por Federico. Esta es la segunda vez que sube, la primera fue cuando aquello parecía el lugar de un bombardeo, con los suelos levantados, la cocina y los lavabos arrancados, los grandes ventanales del suelo al techo desnudos y sucios. Solo recuerda que el local ocupa toda la planta del edificio, que da la vuelta en redondo a la ciudad que queda más abajo, una atalaya moderna que le parece tremendamente pretenciosa aunque sabe que esa no es la intención de Federico.

Gran parte del espacio es diáfano y a través de un suelo de caoba cubierto de alfombras se conectan el salón, la biblioteca y los dos estudios que Federico ha diseñado. La cocina forma una isla de espacio interior, moderna, grande y muy funcional y las tres grandes habitaciones, una de ellas para huéspedes están equipadas con baños completos y vestidores.

Oye conversaciones en la puerta y vuelve sobre sus pasos presentándose a los primeros invitados todos relacionados con Federico ya sea profesionalmente o por amistad antigua que en algunos casos viene de los días del lejano colegio.

Sobre las siete y media, tal como dijo, aparece Federico resplandeciente al que rodean todos sus amigos y conocidos cada vez más numerosos, Federico encuentra un momento para intercambiar unas palabras con Gonzalo.

—Bueno, que te parece.

—Estoy muy impresionado, un gran trabajo.

—Al menos, como ves, he podido sacar del cobertizo todo lo que había acumulado durante años y que ahora vamos a poder disfrutar por fin, un lugar para estos objetos de arte que se merecían algo más de atención.

Gonzalo asiente con la cabeza y pasa una mano por la espalda de Federico que enseguida se desvanece entre los grupos de personas que con el efecto de las copas y los canapés han caldeado la reunión que se prolonga hasta entrada la madrugada.

Hacia la una y media cierran la puerta tras el último de los invitados y Gonzalo termina el resto de una botella de cava repartiéndolo en dos copas una de las cuales acerca a Federico que está recostado en un sofá.

—¿Te quedas a dormir?

—No—Federico mira el reloj— me voy a casa de mis padres, el tráfico aquí por las mañanas ya sabes que es insoportable y así estaré a un paso del trabajo…

Sobre las dos Gonzalo sigue en el apartamento. Solo. Va apagando todas las lámparas hasta que queda únicamente la penumbra que proporciona la luz del exterior. Sentado en una butaca mira sin pensar en nada, paseando los ojos por la ciudad tranquila, iluminada como aquellos belenes caros de su niñez, con pequeñas bombillas que marcan el contorno de las calles, los puentes que adornan el río en diferentes tramos.

De repente se siente cansado. Se levanta y cierra la puerta tras de sí bajando al otro apartamento que sigue con su frialdad habitual.

Se levanta temprano. Escribe una nota a Federico que deja sobre el mostrador de la cocina. Prepara su bolso de viaje y sale a la calle. Encuentra enseguida un taxi.

—A la estación de tren, por favor.—

viernes, 6 de agosto de 2010

29 - BODA.

Silvia y Manuel

Tenemos el gusto de comunicaros nuestro próximo enlace…

—¿Qué te parece para las tarjetas de boda?

—Pues no sé…

—Que tal este otro: Silvia y Manuel. Nuestro destino estaba escrito, no podíamos acabar de otra forma…¡Nos casamos!

—No sé yo…además me llamo Manolo, no Manuel…

—Te llamas Manuel, hijo, no vas a poner Manolo en una tarjeta de boda…suena muy cutre.

—¡Anda, aquí la fina!...

—A ver este otro: Vidas paralelas, edades semejantes, inquietudes y de pronto…¡El flechazo!...

—¡Bueno!

—O este otro: Nos ha dado muy fuerte, nos casamos…

—Te habrá dado fuerte a ti…

—Mira rico, lo elegiré yo porque tú no me ayudas nada…

Manolo se casa. Sí, me caso —piensa para sus adentros sin creérselo ni estar realmente convencido— Pero de todas formas tampoco le parece mal, Silvia le llena las horas, le ha sacado de su habitación y le hace sentir más independiente, más hombre, la vida de casado no debe de estar mal — piensa— es el tránsito lo que le molesta, el tener que pasar por tantos preparativos, que a él le importan un pimiento, cosa que ha notado enseguida Silvia recomendándole que siga con su vida y le deje a ella montarlo todo con sus amigas que parecen tan entusiasmadas como si cada una de ellas fuera la que estuviera a punto de casarse.

Esta tan absorbida que no tiene tiempo para nada, después del trabajo se va con las amigas para hacer planes y tampoco la ve los fines de semana que los dedica a “ atar cabos “ como ella dice. De hecho no ha vuelto a tener un momento íntimo con ella en más de un mes y se excusa diciendo que está muy nerviosa y que ya tendrán tiempo después de la boda para esas cosas.

Manolo se acoda algo somnoliento en la barra del Fortuny mientras contempla el café con leche que acaban de ponerle delante. Últimamente no pide porras.

—¡No me come nada Manolo! ¡Le noto muy desganao!—Comenta con jocosidad el camarero—¡Debe de ser por lo de la boda! ¡Pero no se preocupe! ¡Bienvenido al club! ¡Ya me ve a mí, media vida ahorcao y aquí me tiene, tan pichi, en el fondo no es tan malo como lo pintan!

—Ya, ya—sonríe Manolo asintiendo con la cabeza—

—Ande, tómese el cafelito y verá como se siente más entonao!

—Manolo le hace caso y se lleva la taza a los labios bebiendo a pequeños sorbitos. No hay nadie en el bar, ni siquiera han llegado Silvia y Esperanza. Manolo levanta los ojos hacia el televisor que como todas las mañanas pasea por la pantalla las caras de un gobierno que ha conseguido consolidar los cuatro millones y medio de parados que sin duda llegarán a cinco a fuerza de no hacer nada para remediarlo, negar la crisis, derrochar el dinero en prebendas y subvenciones a los amiguetes y seguir viviendo con el coche oficial de lujo a la puerta. Corrupción hasta la náusea que el ciudadano vive con indolencia, mutismo y en muchos casos la ensoñación de que algún azar del destino le pueda hacer partícipe de un pellizco del botín.

En cualquier caso el tráfico sigue imposible, hay tiros para encontrar unas entradas para el teatro, los campos de fútbol están a rebosar y crisis o no crisis, derrumbe de la constitución y del país o no derrumbe, el verano está aquí y el cartel de cerrado por vacaciones preside muchos establecimientos pero sobre todo las mentes de ciudadanos de toda índole incluyendo a los políticos del gobierno y la oposición a los que las circunstancias del país que sigue de cerca la bancarrota de Grecia y parece tener todas las papeletas para ser el siguiente en sufrirla, no les va a persuadir de quedarse a trabajar para salvar algo de la debacle económica y general y ya han hecho las maletas y se han puesto las bermudas porque al final, como decía Marisol, la vida es una tómbola de luz y de color, así que no hay que preocuparse mucho, en todo caso, que se preocupen otros.

—Venga, échese unas porritas al coleto—le coloca un plato Juli, el camarero, delante de los ojos, calientes y apetecibles— como decía aquél: “ las penas con pan son menos “ y lo suyo, Manolo, no es pena que es alegría ¡Hombre!

Manolo musita unas gracias poco audibles entre la confusión de ruidos que produce el televisor y moja y se lleva a la boca una porra con lentitud bajo la mirada sonriente del camarero.

¿Cómo he llegado a esto del casorio? Si ni en sueños lo había anticipado—piensa mientras engulle porra tras porra— en realidad él nunca dijo nada, ni siquiera lo había insinuado, estaba feliz y tranquilo y concentrado en estar dentro de ella siempre que hubiese ocasión. Pero fue una tarde paseando por el centro, porque Silvia decía que no todo iba a ser triqui-triqui y que era muy romántico ir de su brazo por las calles de Madrid. El caso es que se paró en el escaparate de una joyería alabando las alianzas en oro blanco y amarillo, las pulseras y los anillos. Silvia se volvió a Manolo y le miró a los ojos sin pestañear con aquella mirada que le derretía en la cama y le hacia perderse en el fondo del mundo irreal y fantástico que viviera tantas veces con la Playstation.

—Bueno Manolo—dijo— ¿Qué te parece ese anillo de compromiso tan mono ahí en el centro?

—¿Dónde?

—Ahí, en el centro del escaparate—indicó haciendo un mohín.

A la media hora salían de la tienda, Silvia encantada con su anillo y besando a Manolo sin parar.

—Yo también tengo algo para ti—se paró Silvia metiendo la mano en el bolso.

Manolo terminó la última porra y miró la hora en el reloj, aún temprano para la oficina.

—¡Vaya peluco don Manolo!—se admiró Juli—.

—Regalo de Silvia…

—¡Es usted un afortunado Manolo y vaya chica que se lleva!

—Gracias, Juli. Oye, ponme otro café, por favor.

A partir de aquél día todo había cambiado, se había abierto una especie de campo de batalla en el que Silvia dirigía con mano de hierro todas las operaciones secundada por las amigas que estaban día y noche a sus órdenes. Ella decía que no podrían casarse antes de seis meses porque era el tiempo que necesitaba para toda la planificación. Él, que ni pinchaba ni cortaba en todo ello seguía pensando que no recordaba haber hablado de boda en ningún momento y buscaba la manera de decírselo pero no sabía como hacerlo, además ni siquiera estaba seguro de no querer casarse. Se encontraba más perdido que un pulpo en un garaje.

Silvia le había hablado un poco por encima de la estrategia a seguir: Lugar y fecha de la ceremonia, cálculo de los invitados y del presupuesto, elegir el lugar donde celebrar el banquete, contratar al fotógrafo, inscribirse en los cursos prematrimoniales…¿En qué cursos prematrimoniales—abrió los ojos como platos Manolo—¿Eso que es?...tú calla y déjame a mí, Manolín, y no te preocupes por nada…elegir las alianzas y grabarlas, escoger el viaje de novios, el vestido de la novia y del novio y organizar las pruebas, escoger el menú y la tarta, preparar la lista de bodas y las invitaciones, elegir el ramo de flores, ocuparse de los tratamientos faciales, masajes, peluquería, maquillaje para la novia, manicura, depilación, más masajes, confirmación del viaje, maletas, documentos, pasaportes…Manolo estuvo en un tris de encerrarse en su habitación, bajar la persiana y poner la Playstation a tope pero tuvo la presencia de ánimo de no hacerlo y en el fondo se sintió bien, como si hubiera ganado una batalla personal.

Trabajar era lo que más le reconfortaba en estos tiempos de incertidumbre. Ya en la oficina, no levantaba la cabeza del ordenador y del teléfono y la necesidad de exteriorizar sus nervios y tensión le había llevado a buscar más clientes, ser más creativo y colocar más vino que ninguno de sus compañeros. Don Tomás lo había notado y le llamó al despacho.

—Siéntese Manolo ¿Un cigarrito?

—No gracias don Tomás, no fumo.

—Muy bien, muy bien, ustedes los jóvenes nos dan un buen ejemplo a los carcamales que no podemos quitarnos del vicio…Bueno, veo que sus ventas aumentan como la espuma…

—Gracias don Tomás…

—Siento que al final, con la crisis tan profunda que padecemos y vamos a padecer durante mucho tiempo la junta de socios decidiera no poner en marcha el proyecto de los Estados Unidos. Yo le había dado muchas esperanzas…

—No se preocupe, don Tomás, en realidad, si le soy sincero, tampoco tenía muchas ganas de irme fuera…

—Le comprendo, mejor que en casa en ningún sitio, nuestro jamoncito, nuestras paellitas…

—Sí, don Tomás.

—Tampoco por ahí atan los perros con longaniza…

—Desde luego que no don Tomás.

—Curiosamente, Manolo, con la crisis estamos vendiendo más vino que nunca, será que la gente bebe para olvidar, o que de perdidos al río pero nuestras ventas suben como la espuma. Así que, Manolo, veo que usted está engordando la cartera de clientes a buen ritmo y le doy la enhorabuena.

—Gracias don Tomás.

—Pero de enhorabuenas no se vive así que le vamos a dar un aumento considerable que se reflejará ya en la paga de este mes y como sé que pronto va a casarse con Silvia, que también es una empleada excepcional, lo he llevado a la junta que les va a hacer un buen regalo de bodas. Y desde luego mis felicitaciones aunque ya se las daré a los dos juntos en su momento.

—Gracias de nuevo don Tomás.

—Y por cierto y aunque me meta donde no me llaman ¿Tiene usted una buena financiación para los gastos de la boda?

—Pues precisamente le quería pedir consejo porque Silvia ya me ha dicho que tenemos que pedir un préstamo a la Caja porque los gastos no bajarán de treinta mil euros…

—Cincuenta, pida usted cincuenta, luego le voy a extender una nota para recomendarle a un buen amigo de la Caja y estoy seguro que le atenderá al momento a pesar de los malos tiempos porque, créame, no hay dinero, no hay hipotecas, no hay préstamos, pero según y como, siempre hay amigos y puertas que se abren. Manolo, le felicito, se casa y se endeuda con un préstamo, eso indica que ha entrado usted en la edad de la razón. Ya es un ciudadano comprometido, de pleno derecho, un engranaje más del sistema en el que vivimos. El hombre hoy tiene que estar endeudado para ser rentable a la sociedad, tener tarjetas de crédito, vivir por encima de sus posibilidades, aceptar los retos de la sociedad capitalista de la que todos nos guste más o nos guste menos formamos parte. De nuevo mis felicitaciones.

—Gracias don Tomás.

Al pie del altar enfundado en un terno que le sienta como un guante, Manolo, junto a su mejor amigo, tiene fija la mirada en el pasillo central de la iglesia por la que desde el fondo comienzan a caminar las damas de honor guiando a dos damitas que hunden sus manitas en cestitos llenos de pétalos de rosa que van esparciendo a lo largo de la alfombra roja. En su vista periférica un borrón de invitados se agolpan en los bancos volviendo las cabezas hacia la puerta principal por donde aparece la novia acompañada de su padre entre los compases de un cuarteto de cuerda que toca una pieza de Vivaldi. Ha llegado el día.

La novia se acerca a Manolo sonriente, está preciosa, luciendo su amplio escote y sus hombros torneados y morenos. A Manolo le tiemblan un poco las piernas y de nuevo le vienen unas irresistibles ganas de salir corriendo. Tienes que controlarte Manolo—se dice— y comienza a pensar en Tarifa y en las olas, en los golpes del viento y la fuerza del mar y poco a poco nota que la tensión disminuye quedándose más apaciguado.

A partir de ahí todo se desliza en una sucesión de imágenes de parabienes, saludos, firmas, fotos, besos, abrazos, lloros de las madres, más besos, más abrazos y salida en volandas hacia el hotel en un Audi con chofer uniformado, que los amigos han embadurnado con pintadas jocosas del evento, para ir a hacerse las fotos y luego presidir el banquete nupcial después de que los invitados hayan tomado el aperitivo.

El vino lo ha proporcionado don Tomás con largueza mandando editar a la Cooperativa una etiqueta especial para la boda con sus nombres y fecha, todo un detalle que es acogido entre aplausos por los comensales. La madre de Manolo se suena los mocos entre langostino y langostino todavía incrédula de la progresión de su hijo desde la habitación friki y la playstation, compañera inseparable, a estar sentado presidiendo la boda con su mujer recién estrenados los dos al matrimonio y piensa en voz alta:

—¡Ah, es que el amor lo puede todo! ¡ A todo cerdo le llega su Chamartín!

—Mujer—le mira recriminatorio su marido—lo que dices del cerdo no aplica a la boda de tu hijo, además—enfatiza—la frase es: A todo cerdo le llega su San Martín, no Chamartín…

—¡Ah! ¡Déjame en paz! ¡Yo ya me entiendo! ¡Quiero disfrutar la boda sin que me des la carga!

Y se vuelve a sonar los mocos.

Durante el filete de Ávila y sobre todo a los postres el nivel de decibelios sobrepasa con mucho lo normal y la gente habla a gritos habiendo ya perdido la compostura inicial a fuerza de trasegar vino, que por cierto, alternan ahora con copas de anís y coñac. No se sabe cómo las bragas de la novia han aparecido en alguna mesa donde se ha dividido en trocitos que se venden al mejor postor, lo mismo con la corbata del novio que, sin embargo, se niega rotundamente a entregar los calzoncillos. Después de partir la tarta y brindar varias veces al grito de ¡Viva los novios! Y ¡Que se besen, que se besen! Arranca por fin el vals y los novios hacen lo que pueden tambaleándose en el centro de la pista, pronto son rodeados por el resto de los amigos y comienza el tachún-tachún.

Y llega el momento de lanzar el ramo de flores, Silvia hace varios amagos ante el grupo femenino en el que se encuentra Maribí y Esperanza, lo levanta una vez más, tropieza y el ramo sale por los aires entre los gritos de las chicas que levantan los brazos al aire, el ramo da varias vueltas y va a caer en las manos de Esperanza que lo aprieta en el corazón. Lógico, ella al menos ha compartido con Silvia a su marido en una loca noche de copas.

Después de una hora de despedidas salen por fin en el coche nupcial para hacer una breve parada en casa de los padres de Silvia donde desprenderse de los trajes de boda. A continuación vuelven al coche que les lleva a un hotel al lado del aeropuerto de Barajas donde pasarán la noche de bodas para partir por la mañana hacia Los Ángeles en viaje de novios. La previsión de Silvia ha hecho que las maletas estén ya en la habitación por lo que no tienen que preocuparse por el equipaje.

Manolo se empeña en cruzar la puerta del hotel con Silvia en brazos que se niega sin oponerse demasiado, las copas y el cansancio han drenado sus fuerzas y Manolo no es capaz de moverla un milímetro del suelo. Entre risas cruzan el vestíbulo adentrándose en los largos pasillos de ese hotel de dimensiones ciclópeas que recuerda los edificios oficiales de la Rusia comunista.

La habitación es confortable y preparada con ramos de flores y cestas de frutas, Silvia apenas usa el baño cae boca abajo sobre la cama y se queda dormida como un leño. Manolo la observa entre los vapores del cansancio y la somnolencia del alcohol ingerido mientras lucha por quitarse los calcetines. Se sienta en la taza del vater, hace cinco horas que no ha ido al baño y bendice ese momento.

No sabe cuanto tiempo ha estado dormido sentado en la taza, se levanta con esfuerzo y se acerca a la cama donde Silvia ronca desaforadamente. Manolo le echa una manta fina por encima y se tumba al otro lado tratando de no hacer ruido. Cierra los ojos pero dentro de su cabeza las imágenes del día se mezclan y agitan como un barreño flotando en altamar. Le vienen oleadas de náuseas que trata de reprimir. De vez en cuando rugen los motores de algún vuelo que pasa por la azotea del edificio. Se queda dormido.

Desde el cuatro por cuatro ya contempla en todo su esplendor el Estrecho. Veinte minutos más y estará en Tarifa. El levante está fuerte, como casi siempre, y la tabla volará apenas rozando la superficie azul, como el vuelo de los pelícanos que en formación se desplazan a escasos milímetros del agua. Tiene tres horas por delante de mar acariciándole, envolviéndole, alejándole, sintiendo la fricción en el agua, las gotas y el viento en la cara, limpio de pensamientos. Solo.

sábado, 26 de junio de 2010

28 - LAS MONTAÑAS AZULES.

Doña María Josefa de la Soledad se vuelve una última vez recorriendo con la vista los jardines de “El Capricho”, la casa al fondo rodeada de soldados y equipos, de algunas tiendas de campaña donde dormirá parte de la tropa reservándose muchas de las habitaciones de la casa a los oficiales del ejército de Napoleón, el ejército francés que dice estar de paso pero cuyos movimientos sobre el terreno indican lo contrario.
La duquesa suspira levemente y apoyando el pie derecho en el estribo de hierro se acomoda en el mullido asiento de terciopelo verde del coche tirado por seis caballos en el que también sube Manolita y dos criadas. Todas llevan guardapolvos y sombreros destacando el de la duquesa de amplio vuelo y un adorno de plumas suaves que hace juego con la mantilla bordada y los guantes de seda. Sobria en lo demás, desnuda de joyas, porque “no hay que dar tres cuartos al pregonero” como comenta a Manolita consciente de los peligros del camino, que serán muchos y de toda índole.
Los objetos de valor se llevan a buen recaudo en el segundo coche junto a varios arcones, maletas y cofres que proveerán todo lo necesario para una estancia en Cádiz al menos de tres meses pudiendo prolongarse si las circunstancias lo exigen.
El coche de la duquesa además del cochero y un criado lleva un palafrén con otro criado por delante y dos criados más en el segundo coche, todos ellos provistos de trabucos y armas blancas así como varios “dragones”, trabucos cortos recortados, armas difíciles de cargar pero muy útiles en los asaltos de carretera en los que se puede dejar diezmados a un grupo de rufianes asaltantes poniéndoles en franca huida.
Y para no dejar nada al azar la duquesa y las dos criadas llevan sendos pistoletes ocultos en los amplios bolsillos de los guardapolvos. Manolita mira con asombro a la Duquesa.
—No pases cuidado —la mira sonriente—ya sé que resulta poco femenino, pero no podemos andarnos con remilgos, si nuestra virtud y nuestra vida se pone en entredicho, un buen pistoletazo en pleno rostro puede resultar de gran alivio para nuestra integridad, pero esperemos que no sea ese el caso.—
Las criadas se miran con cierto pánico palpando el pistolete del bolsillo, Manolita se queda embobada mirando a la Duquesa que le devuelve la mirada con una dulce sonrisa mientras saca un abanico del interior de la manga izquierda y se da aire cadenciosamente en pequeños golpes contra el pecho.
Restallan los látigos, parten los coches, algunos oficiales franceses se cuadran y saludan con gesto militar, la duquesa les corresponde con el abanico. Traquetean por el camino rural que lleva al camino de posta. La duquesa explica a Manolita que intentarán hacer unas veinte o treinta leguas al día, dependiendo de las fondas y el cambio de las caballerías. Si todo va bien en cinco o seis días habrán llegado a Cádiz.
Manolita abre lentamente los ojos, se ha quedado adormilada en el cómodo asiento del Cadillac que el padre de Lupe ha puesto a su disposición con chófer incluido.
El automóvil circula por la autopista de seis carriles a unos cien kilómetros por hora entre un tráfico denso que mantiene la misma velocidad a derecha e izquierda. El conductor, un empleado joven le indica que están bajando por la dos ochenta hacia San José para seguir a Los Gatos y subir la diecisiete hacia las montañas de Santa Cruz donde está la “Sierra Azul” “Blue Mountains” lugar en el que vive el señor Huertas.
Manolita mira el reloj: las diez y media de la mañana…del domingo. Intenta dar un repaso a los acontecimientos del día. Lupe le llamó temprano.
—¡Oye mi hija! ¿Qué tal has dormido?
—Hasta que tu me has despertado bien…
—¡Bueno! Yo llevo ya un rato en el aeropuerto.
—¿A qué hora sale tu vuelo?
—Ya mismo…son las ocho y diez…vamos a embarcar en cinco o diez minutos.
—Pues que tengas muy buen viaje ¿Cuándo volverás?
—Algo así como en una semana, pero te llamaré por teléfono …óyeme una cosa, te llamaba para decirte que he hablado con el señor Huertas y podría verte hoy mismo ¿Te parece bien?
—Claro que sí, es domingo y sólo pensaba dar un paseo por la ciudad…
—Órale, pues te mandaré al hotel un carro con chófer a las nueve y media ¿Está bien así?
—Perfecto y muchas gracias Lupe.
—¿Has decidido algo sobre venir a quedarte en mi casa?
—Si, me gustaría mudarme el lunes, si te parece bien, el hotel es muy cómodo pero un poco solitario.
—¡Estupendo! El lunes encontrarás un sobre junto al Santo Niño de Atocha con las llaves…¡Me voy que están ya embarcando!
—¡Buen viaje!
Apoya la cabeza sobre el respaldo del asiento. El paisaje es de monte suave, verde, salpicado de bosques y lagos convertidos en reservas de agua que forman parte de varios parques regionales que llegan hasta la ciudad de San José.
—Hay mucho tráfico…
—Bueno, no está muy mal, los domingos se circula mucho más holgado…
—¿Y tú como te llamas?
—Alan. Alan Silva.
—Y eres mejicano…
—No, yo soy nacido en San Francisco. Mis padres si son mejicanos. Yo soy las dos cosas por los papeles.
—Ya veo, y hablas los dos idiomas.
—Claro. La lengua materna y la de puro gringo— sonríe a Manolita.—Usted suena española…
—Sí. De Madrid.
—Ya. Ustedes tienen un acento diferente. Y hablan muy deprisa.
—El paisaje es muy bonito— comenta Manolita.—
—Mis abuelos dicen que antes era más lindo, más abierto, que todo ha cambiado desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial. Mi abuelo trabajó en una envasadora de fruta; en el Condado de Santa Clara había unas cuarenta plantas de envase. Era un terreno muy fértil con miles de huertos y árboles frutales. Él decía que desde la montaña el valle era un espectáculo digno de ver con todos los árboles en floración, las plantas y las flores. Pero en los años cincuenta todo comenzó a transformarse con el uso del sílice para fabricar semiconductores lo que atrajo una enorme industria militar que incluía la NASA en Moffett Field.
—Y comenzaron a llamarlo “Silicon Valley”.—
—Eso es, vino una enorme cantidad de gente a trabajar en cientos de compañías dedicadas al mundo de los ordenadores y para los que la sílice era uno de sus componentes básicos. El valle se transformó completamente, desaparecieron las industrias agrícolas y todos aquellos millones de árboles fueron substituidos por fábricas y viviendas, autopistas y grandes centros comerciales. De todas formas más hacia el sur en Gilroy hay zonas que aún son rurales, en la costa todavía se cultivan grandes extensiones de alcachofas y coles de Bruselas.
Se quedan en silencio. Pasan por la población de “Los Gatos” y comienzan a subir la carretera diecisiete. Curvas y contracurvas, van hacia las montañas, los árboles cierran la carretera que sube serpenteando en una especie de túnel verde, tupido. A la izquierda se abre el paisaje y aparece una extensa superficie de agua.
—Es el “Lexington Reservoir”—indica Alan señalando con su mano izquierda—. Mi abuelo me contaba que en el fondo del pantano hay dos pueblos cubiertos por el agua, Lexington y Alma. En sus mejores tiempos los habitantes de cada uno no superaban las doscientas personas, pero tenían hotel, oficina de correos, bar, herrerías y una docena de serrerías. Lexington era parada obligada para las diligencias a medio camino de San José y Santa Cruz. Allí cambiaban el tiro de cuatro caballos por uno de seis a fin de poder pasar las montañas sin dificultades. Su popularidad se desvaneció cuando el tren de vía estrecha de los Gatos a Santa Cruz sustituyó a la diligencia y no paraba en el pueblo. Alma declinó cuando la autopista diecisiete, en la que estamos ahora, dejó de circular por Alma en mil novecientos cuarenta.
—Qué bonito el nombre del pueblo.—
—Alma. Sí, desde luego. El tren también dejó de circular al comenzar a usarse la autopista y diez años después, en mil novecientos cincuenta sólo unas cien personas vivían en las dos comunidades.
Pasan la cumbre y tuercen a la derecha saliendo de la autopista e internándose en un camino semirural pero en muy buen estado por el que se adentran en la montaña que poco a poco se cierra en torno al camino. En algunas zonas de sombra los árboles se aprietan de tal manera que impiden el paso de la luz y casi hay que encender los faros del automóvil, a los lados surgen entre altos helechos regatos y pequeños saltos de agua que buscan su camino entre la roca serpentina. En la luz de algunos claros se distingue el fondo del valle y una sucesión de barreras montañosas que dejan ver a lo lejos la franja azul del Pacífico envuelta en una neblina fría y pálida que lame y sobrepasa las aristas ondulantes de la cordillera marítima.
—Ya estamos cerca— sonríe Alan — dos o tres millas más y llegaremos a la finca del señor Huertas.
Manolita se deja llevar por la belleza profunda de un paisaje que parece irreal estando tan cerca de esas autopistas saturadas de tráfico. Es otro mundo. Como abrir y cerrar una puerta que marca una profunda diferencia. Se acuerda de su conversación de la mañana con Gonzalo:
—¡Buenos días Gonzalo!
—¡Hombre! ¡La niña perdida y hallada en el templo!
—¡Casi, casi…!
—¿Cómo va todo?
—Pues desde que hablé contigo la última vez…¿Estabas en un monasterio…? He estado trabajando en el cuadro y todo va conforme a lo previsto, tengo por lo menos para otro mes y por cierto ¿Has recibido la contestación al presupuesto?
—Si, si, todo en orden, el señor Sánchez parece estar muy impresionado contigo.
—Es el padre de Lupe, su hija, con la que he hecho buena amistad, hasta el punto de que he decidido aceptar su invitación de irme a vivir a su casa el tiempo que me queda en este proyecto.
—Me parece bien, así no te quedarás aislada en el hotel…
—Hoy domingo me va a llevar un coche de la compañía a conocer al señor Huertas, creo que comeré con él y luego me traerán de vuelta al hotel.
—Ah, pues me parece una buena idea, salúdale de mi parte…
—Así lo haré…¿Y tú como estás? ¿Qué tal el trabajo?
—El trabajo bien, bueno, ya sabes que la economía está de pena, con tantos parados y el gobierno sin credibilidad alguna…pero nuestro negocio, como bien sabes, es pequeño y exclusivo y de momento no creo que nos vaya a afectar demasiado…te mandan recuerdos Alicia y Cosme y también Federico…
—Gracias, salúdalos a todos…¿Cómo está Federico?
—Bien, bien…avanzando en la remodelación del piso, bueno, del pisazo…contra mi voluntad, o mi apatía…su trabajo se ha reducido mucho con esta debacle del ladrillo y él dice que le viene bien para meterse con este local.
—Bueno, déjale hacer, él es feliz de esa manera…¿Y tú donde estás?
—De vuelta en Madrid. Mira, me voy a tomar ahora un cafelito y unos churros a tu salud.
—¡Qué envidia!
—Cuídate y tenme al corriente.
—Un beso, Gonzalo, cuídate tú también.
El automóvil tuerce a la derecha donde se abre una pradera bien cuidada rodeada de secuoyas y en su centro se levanta una casa de madera de una planta en forma de herradura, bien construida, elegante y sobria. Aparcan en un cobertizo enfrente de la casa y les recibe en la puerta una señora de pelo cano recogido en una coleta, piel atezada y ojos negros. Se presenta a Manolita como secretaria, ama de llaves y compañera del señor Huertas.
El interior de la casa se compone de dos alas a derecha e izquierda con un gran salón en el centro ocupado por hileras de libros y cuadros de diferentes estilos que se abre a grandes ventanales y una terraza que da la vuelta a la casa desde la que se puede ver el valle, los montes y el mar como en algunos puntos de la carretera. Rosario, que así dice llamarse la señora, enseña a Manolita las obras de arte que se alinean a lo largo de los dos pasillos que reciben la luz de un techo de claraboyas; algunas de las habitaciones de huéspedes y la gran cocina con horno de pan y motivos mejicanos en vigas y paredes.
Cuando vuelven de nuevo al salón el señor Huertas espera de pié y saluda a Manolita afablemente indicándole un asiento en uno de los sofás cerca de él. Un anciano delgado, de pelo blanco aún abundante dividido por una crencha que lo desplaza a derecha e izquierda tapándole las orejas. Sus movimientos son frágiles pero aún firmes, su mirada intensa con una leve sonrisa bailándole en la cara. Alarga la mano a Manolita que a su vez se la estrecha.
—Desiderio, señorita…
—Manuela Madrid…todos me llaman Manolita.
—Manolita me gusta ¿Le importa que le llame así?
—Me encantará que lo haga.
—¿Le apetece un poco de café Manolita?
—Desde luego que sí.
El señor Huertas llama la atención de Rosario.
—Así que usted se está encargando del Santo Niño.
—Sí y creo que la restauración va a quedar muy bien. Podrá usted contemplar el cuadro casi como si hubiera sido pintado recientemente.
—Ah, pues no sabe cuanto se lo agradezco, pero no seré yo quien lo disfrute, eso sí, me gustará verlo terminado pero el cuadro no me pertenece. Quiero que vuelva a ocupar su lugar en Plateros que es donde debe de estar. De allí salió y he prometido devolverlo en cuanto usted lo tenga listo ¿Conoce la historia del cuadro?
—Sí, me he informado y fue de gran ayuda un dominico en el mismo santuario de Atocha en Madrid, tengo que decirle que no sabía nada del Santo Niño de Atocha, España ha cambiado mucho y las últimas generaciones desconocemos casi todo sobre la religión católica. Aunque mi profesión a veces tiene mucho que ver con ella.
—En Méjico, sin embargo, aún tenemos una gran devoción aunque lo que usted dice es cierto y también comienza a perderse esa tradición que ligaba la vida cotidiana a la iglesia y sus devociones. Yo, señorita, ya estoy bastante por encima de los noventa y mi vida no tiene sentido fuera de esa cronología de la vida. Soy creyente y eso ha marcado toda mi vida pero comprendo que el mundo es algo cambiante y que el hombre se renueva y transforma, busca otras respuestas.
Rosario sirve café a los dos y también una taza para ella y el chófer Alan, se sienta al lado del señor Huertas que continúa hablando animadamente.
—Casi todo el mundo—prosigue—sabe donde esta Plateros, una pequeña población cerca de Fresnillo en Zacatecas, una comarca muy conocida por ser una de las fuentes principales de mano de obra para los Estados Unidos y es ahí donde se venera al Santo Niño de Atocha.
Cada año se hace una peregrinación desde los pueblos y aldeas cercanas al templo de Plateros. Yo mismo he hecho esa peregrinación durante muchos años y en la marcha nocturna o por el día conocí y me informé de los problemas de las gentes, de sus familiares emigrados a los Estados Unidos en busca de una mejor vida o con el propósito de reunir dinero suficiente para comprar una casa en el viejo pueblo o enviar dinero a los suyos que quedaban sobreviviendo precariamente en aquellas tierras pobres.
En Plateros se venera una imagen del niño que es réplica de la de Atocha en Madrid, pero en una de las paredes de la iglesia ha estado siempre el cuadro del Santo Niño, el que usted esta restaurando, al que nadie ha dado nunca ninguna importancia. El párroco y yo sabíamos que el cuadro era valioso, una obra de José Antonio de Ayala datada aproximadamente en mil setecientos veinte, como usted sabe no figura la fecha en el cuadro.
Durante años nadie prestó atención y el párroco pensó que la ignorancia era la mejor salvaguardia de aquella pieza importante. Pero al principio de los años noventa alguien debió caer en la cuenta de su auténtico valor y una mañana descubrieron que el cuadro había volado. Lo más probable es que alguien entró por la noche en el templo y simplemente lo descolgaron y se fueron con él.
Yo vivía en Estados Unidos y aunque iba a Méjico, hacía por lo menos cinco años que no me había acercado a Plateros, así que me sorprendió la carta del párroco explicándome el robo. No es mi intención aburrirle con este tema, solo le diré que hice algunas gestiones y nos enteramos de que el cuadro estaba en manos de un pequeño cártel que operaba por la zona. El resto son manejos políticos y mafiosos que no voy a relatarle, pero finalmente el cuadro llegó a mis manos con el acuerdo de que volvería a Plateros una vez restaurado y el grupo que lo robó no sólo no caería de nuevo en la tentación sino que quedaba encargado de su custodia, de vigilar que a nadie se le ocurriera la peregrina idea de descolgarlo de nuevo. A usted posiblemente le parezcan todas estas componendas un poco extrañas pero en muchos lugares aún funcionan las cosas manteniéndose las influencias, los lazos de familia, de honor y de territorio.
—Le agradezco que me de toda esta información señor Huertas, siempre es muy interesante y ayuda mucho a realizar un buen trabajo cuando se conocen los detalles de la obra que se está restaurando.
—Sabes, Manolita, creo que tu y yo sintonizamos bien aunque tu seas de la generación digital y yo de la radio galena.
—Pues muchas gracias. Yo también lo creo.
—Hoy me siento con ganas de salir…¡Niño, Alan, ven aquí!
—Dígame señor Huertas.
—¿Nos llevarías a Manolita y a mi a Pescadero?
—Donde usted me mande estoy a la orden.
—Pues, Manolita ¿Te importaría comer con un anciano en un sitio especial al lado del mar?
—Estaré encantada, señor Huertas.
—Rosario, llama a Duarte´s y que nos reserven un rinconcito tranquilo…sabes, tienen un smelt frito excelente, se parece mucho a los boquerones fritos que hay en España ¡Ah! Y un clam chowder casero delicioso…
—Pues a qué esperamos señor Huertas.
—Eso es ¡A qué esperamos!